Nombres de las calles de Bogotá que han quedado en el olvido

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Desde una terraza de la Basílica del Señor de Monserrate se tiene una panorámica de Bogotá cuyos puntos cardinales, “a ojos vistas”, se dilatan en desmesuradas proporciones.

tomado de: El tiempo. nombres de las calles de bogota.

Difícilmente uno que no conozca la historia de la ciudad, o uno que, paseando por ella, no repare en los escasos vestigios de su pasado, que aún subsisten en sus calles: una pileta, un balcón, una capilla, un empedrado…, podrá hacerse una idea de cómo fue la ciudad, por ejemplo, en “los tiempos de ruido” (en la primera presidencia de Gil de Cabrera y Dávalos, a las 10 de la noche del 9 de marzo de 1687, se oyó un estruendo acompañado del sofocante olor a azufre, que les hizo creer a los santafereños que las legiones infernales venían por sus almas o que los cerros de Guadalupe y Monserrate se derrumbaban, o, como creyó el Presidente, que tropas extranjeras invadían).

Ahora no, pero antes sí se podía decir que los nombres de sus calles señalaban las particularidades de la urbe: leyendas románticas, sus familias, costumbres, supersticiones, apelativos de algunos moradores y de sus comportamientos y lances que protagonizaron para su provecho o perdición, y solaz, comadreo o escándalo de sus vecinos.

Dejados en manos de la gente, los nombres de las calles se ponían de modo caprichoso y desordenado, al punto que algunos de ellos se repetían en los distintos barrios de la colonial Santa Fe de Bogotá. Se decía, por ejemplo, la calle de San Dimas de las Nieves, para distinguirla de la San Dimas de Santa Bárbara. El nombre de calle Honda se repetía en tres barrios…

Fue el 12 de febrero de 1774 cuando el virrey Manuel Guirior, cumpliendo con la Real Cédula de Carlos III de ese mismo año, instruyó a los alcaldes de barrios de Santa Fe para que dividieran la ciudad en cuatro cuarteles; a su vez, estos en ocho barrios: La Catedral, El Palacio, El Príncipe, San Jorge, Las Nieves oriental y occidental, San Victorino y Santa Bárbara, y que cada uno de los ocho alcaldes pusiera nombres a las calles y numerase las casas por manzanas.
Los piadosos alcaldes acudieron al santoral católico y de allí extrajeron nombres píos para designar oficialmente los barrios; estos nombres se perdieron en el incendio de las Galerías Arrubla, en 1900, pues allí funcionaban la Casa Municipal y el Cabildo, que ardieron con todos sus documentos invaluables, como el Acta de Fundación de la ciudad y los libros de esa corporación.

¿Y quién recuerda ahora los curiosos y significativos nombres de las calles? ¿Y dónde quedaban, por ejemplo, la calle de las Brujas, la del Pecado Mortal, la de la Agonía, la del Buen Ladrón, la del Mal Ladrón, la calle de las Ánimas, la calle del Arco, la calle de las Mazas, la de los Curubos, la calle de la Alegría, la calle del Olvido?

Qué nombres estos para dar vuelo a la imaginación creadora, a un sueño poético, a un sinfín de leyendas y remembranzas.

En lo que ahora es la carrera 10.ª, entre calle 13 y avenida Jiménez, en el extremo norte, por donde corrían las aguas del río San Francisco todavía a mediados del siglo XIX, había un sector oscuro, tenebroso en las noches y peligroso para quien se aventura por ese paraje.

Una que otra mortecina luz rompía la bruma de ese misterioso lugar donde se decía que se reunían las brujas para sus aquelarres. Era la calle o patio de las Brujas.

Juan Rodríguez Freyle habla de una de ellas, no precisamente de las del río San Francisco, sino de una llamada Juana García, que, cuando la sentenciaron al destierro, se “echó a volar desde el cerro que está a las espaldas de Nuestra Señora de las Nieves”.

Antes de la calle de San Cosme, hoy entre la calle 16, entre las carreras 7.ª y 8.ª, había una arcada de piedra con techo y ventanales, que servía para comunicarse los padres franciscanos con los Hermanos Terceros, del frente: solo para eso, de tal manera que los cachacos decían socarronamente, después de que demolieron la arcada, en 1862, que “en Bogotá había un puente que solo servía para pasar por debajo de él”.

Esa se llamó calle del Arco; peligrosa por lo angosta, sombría y por ser guarida de ladrones organizados en cuadrillas, que por esos tiempos asolaban la ciudad; como la tenebrosa banda del doctor José Raimundo Russi, ejecutado en 1861 por haber dado muerte a uno de su propia cuadrilla.

En el barrio oriental de Las Nieves, el sector que corresponde a la actual calle 21 entre carreras 1.ª y 3.ª , se llamaba calle del Pecado Mortal. Por allí, en las lóbregas y frías noches, un viejo, alto e inseguro como una aparición, de capa y sombreo chambergo, haciendo sonar una campanilla, andaba gritando con voz de ultratumba: “¡Una limosna, por el amor de Dios, para salvar las almas de los que están en pecado mortal!”.

Donde ahora está el Banco Popular, en la calle 17 entre carreras 7.ª y 8.ª, se levantaba la casa de don Felipe de la Maza y doña Rosalía Loboguerrero, que tenían siete hijos, entre ellos Hermógenes Maza, y cuatro hermanas; se llamaba calle de Santa Rita y también de Las Mazas, apelativo este dado por las hermanas del ‘niño Hermógenes’: Manuela, Dolores, Rosa y Mónica, que, juntas, vivieron allí y se distinguieron por ser tan patriotas como su famoso hermano.

La calle del Coliseo, actual calle 10.ª entre carreras 5.ª y 6.ª, tomó este nombre del primer teatro que hubo en Santa Fe, construido en 1792 y demolido en 1885 para construir el Teatro Colón. El escritor y diplomático francés, Augusto Le Moyne, quien lo conoció en 1840, dijo que era muy pobre, que carecía de sillas y que si uno quería asistir a un espectáculo debía enviar los muebles con antelación. Se cuenta también que quien compraba una boleta tenía derecho a un tamal, pero después tamal y boleta se vendían por separado.

La actual calle 15 entre carreras 8ª. y 9ª. se llamaba oficialmente calle de San Justo, pero fue conocida como calle del Ciprés, por el árbol, que en 1582 fue traído por los franciscanos, sembrado en el solar del convento de San Francisco y derribado en 1871, a los 289 años.

En la calle del Llano de Belén, ahora, carrera 4.ª entre calles 5.ª y 6.ª , al oriente de la ermita de ese nombre, se sepultaba a los suicidas. Como en una calle había una cofradía de las ánimas y en otra una imprenta, se las denominó del Purgatorio y de la Imprenta Patriótica. La calle Real, empedrada y con andenes, era la del comercio.

Las casas de esa calle eran de dos pisos: arriba vivían los dueños y en la parte baja se abrían las “pulperías” o tiendas; la principal era la del chapetón José González Llorente, el del florero del 20 de julio; y como parece ser que los bogotanos tenían mucho tiempo para no hacer nada, en una “pulpería” un letrero advertía a su clientela: ‘Prohibido tertuliar aquí’.
El mismo Le Moyne cuenta que esa calle mal empedrada y sucia, por las noches, era una trampa mortal para los viandantes, por los huecos y por lo mal alumbrada, pues no tenía sino seis faroles, “con una triste vela en cada uno”. Solo el típico vigilante santafereño llamado ‘sereno’ vigilaba esa calle por la noche, alumbrándose con un farol y dando la hora (que no se sabe cómo la sabía).

Desde la Colonia hasta los tiempos de la República, las calles de Santa Fe de Bogotá, y Bogotá después, eran descuidadas y sucias.

Por el centro de ellas pasaban acequias que recogían los malolientes desagües de las casas. Aunque estaba prohibido echar la basura a las calles, se autorizaba a hacerlo por la noche, y no era un chiste decir que de limpiar las calles se encargaban cuatro agentes: los gallinazos, la lluvia, los burros y los cerdos.

Tanto preocupó este asunto a los gobiernos que para conjurarlo algunos tomaron medidas que en nada comprometían al fisco ni a la burocracia. El virrey Amar y Borbón, en 1807, por un bando de buen gobierno, ordenó a los ciudadanos que todos los sábados barrieran los frentes de sus casas.

También a las autoridades les dio por hacer barrer las calles a las mujeres que cogían de noche, que por lo general eran mujeres de vida licenciosa que concurrían a las chicherías prohibidas por el rey Fernando VI, porque, según había llegado a saber, en esas bebidas se desleían huesos de difuntos “para poner los amatorios y para conseguir las bebedoras de mayor consumo”.

Nos despedimos camino de la Plaza Mayor, antes de que colocaran en el centro la estatua de Simón Bolívar, en remplazo de la pila que surtía de agua, que traían del río Fucha, a ese sector de la ciudad.

El adorno principal de esa fuente lo constituye una estatua de San Juan Bautista, arriba de ella, y que el pueblo dio por llamar el Mono de la Pila, y ya es común decir que cuando no se quería atender un ruego o se desatendía una queja, se mandaba al interlocutor a quejarse ‘al Mono de la Pila’.

Pasan un alguacil mirando de soslayo, una aguadora de grandes ojos negros, un sacerdote conversando animadamente con una señora, unos colegiales, un burro cargando mercancías para una tienda, un oidor rodeado de golillas, un chico repartiendo hojas sueltas.

Pasa el tiempo, y desde una terraza de la Basílica del Señor de Monserrate sigo mirando la ciudad inacabada, añosa, y codiciada aún por caballeros que ya no toman por gigantes los molinos de viento, ni ven ejércitos donde no hay sino ovejas…

*Acerca del autor

Premio Casa de las Américas 1975. Ganador de la Beca Nacional de Colcultura en 1989 y 1993. Autor de ‘El intrépido Simón’, ‘La canción del haragán’, ‘Érase una vez el libro’ y ‘El guerrero y los centauros’.

CARLOS BASTIDAS PADILLA*
Especial para EL TIEMPO

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